21 de febrero de 2011

CHILE: En busqueda de la liberación ancestral



Después de la crisis económica de 2001, la vida de Fidelia Aypallán no volvió a ser la misma. Como la de tantas personas en Argentina. Después de siete años de buscar una parcela de tierra donde poder cultivar y vivir “una vida digna”, en septiembre de 2002 decidió ocupar el terreno de una escuela abandonada, unas tierras municipales cercanas a El Bolsón (Río Negro), entre ríos y montañas.

A pesar de que las tierras eran públicas, en el predio y en los alrededores se estaba empezando a levantar un campo de golf privado. Tras enfrentarse a todos los poderes locales, no sólo consiguió cambiar el rumbo de su vida. “Si yo no me hubiera puesto firme, hoy habría en ese lugar una cancha de golf. Hubo profesores que estuvieron metidos en ese proyecto. Tienen que estar agradecidos, ahora la escuela ha vuelto a funcionar”.

Fidelia Aypallán nació en Lago Rosario (Chubut), en plena Patagonia argentina. Su madre falleció cuando tenía seis años y su padre simplemente “no estaba”, relata mientras ceba un mate. Vivía con sus tíos en una chacra. Cuando tenía diez años cayó gravemente enferma.

“Estuve en Trevelín [cerca de Esquel, Chubut] internada como un año. Lo único que me acuerdo es que mis abuelos me llevaron al hospital y después no me quisieron reconocer. A mi hermano, que era invidente, le pasó lo mismo. Estábamos solos. Nuestros tíos también nos abandonaron. Lo único que recuerdo son tubos para acá, tubos para allá, suero por acá, cable por acá, para allá, miraba para arriba y veía algo blanco, nada más... No sé qué tenía. Yo agradezco que ahora ando y que estoy acá”.

En el hospital una dentista se hizo cargo de ella y la llevó a su casa. “Terminé trabajando para ella como empleada, limpiando en la casa, y cada tanto me hacían un control en el hospital. Al final, ya recordaba todo y el médico dijo que estaba dispuesta a manejarme sola. En esos años viaje mucho acá a El Bolsón, me tomaba el colectivo a las 8 de la mañana, los fines de semana, y volvía a la tarde. Iba a un lugar y me quedaba sentada”.

Pero las cosas no tardaron en volver a torcerse. “Lo que pasaba era que la dentista se dedicaba a tomar mucho alcohol. Y cuando se ponía así me controlaba todo, no podía tener amigas, nada, sólo estar pendiente de ella. Al final decidí ir a trabajar sola. Había una familia que necesitaba una persona y me quedé, cama adentro. Entonces tenía 19 años. Con esa edad me quedé embarazada”.

Poco después Fidelia compró un terreno, pero no le servía para cultivar, no podía tener gallinas ni huerta, como ella quería. “Yo siempre quise una tierra más grande, porque sabía que podría tener animales y no depender de que me den una bolsa de comida. Eso lo rechacé toda mi vida. Me quisieron ayudar desde el Estado, pero con una bolsa de comida podrida. Eso para mí no es comida, es comida chatarra”.

Fidelia había aprendido en el campo de sus tíos que todo lo necesario para vivir se podía obtener de la tierra. “Eso lo tuve siempre, toda la vida lo tuve. Cuando mis hijos eran chiquititos, no podía hacer mucho, me tenía que conformar con el trabajo que tenía. Entonces trabajé en la casa de unos médicos durante ocho años. Ahí aprendí a andar en bicicleta. Tenía que salir a las seis de la mañana para llegar a tiempo. Y me tenía que levantar a las cinco de la mañana para atender a mis hijos. Después de dejar la casa de los médicos trabajé en una chacra unos diez años. Ahí aprendí a manejar el tractor”.

En busca de la tierra

Durante siete años recorrió todas las instancias existentes para conseguir un terreno para cultivar. Cultivó frutillas en una tierra prestada, pero al vencerse el contrato volvió a estar como antes. Consiguió una cesión de un terreno que pertenecía a Gendarmería, pero allí no pudo prosperar por la falta de agua. Consiguió otro terreno en Gendarmería, pero en cuanto cambió la persona que medió en el acuerdo Fidelia volvió a quedarse sin tierra.

Por un tiempo pudo cultivar un terreno cerca de la escuela que luego ocuparía. “¡Qué lástima que esa escuela está abandonada!”, decía Fidelia cuando alguien la recogía para ir al pueblo, a unos siete kilómetros de distancia. “El lugar se estaba transformando en una cancha de golf. Ya estaba todo pelado, allá donde ahora tengo pastura cortaron todos los árboles... cuando venía por esta zona a cuidar mis verduras yo veía a la gente que quemaba y cortaba. Llegó un momento en que empecé a preguntar por esa tierra. Me enfrenté con el municipio y con todos”. En su interminable periplo en busca de una tierra propia llegó a escribirle al presidente Fernando de la Rúa y pedir permiso al Ministerio de Educación para ocupar la escuela abandonada.

“Me dijeron que no, seguí insistiendo, seguí recorriendo, viendo lugares, y un día de cansancio ya, agotada, cansancio porque todo lo que hacía no me alcanzaba, decidí que tenía que hacer algo. Llegó un momento en que terminé lavando manteles por 25 centavos, terminaba de hilar a las cuatro de la tarde, desde la cuatro de la mañana, para poder comprar por lo menos un kilo de harina, lo único que comíamos. Seguí insistiendo en la municipalidad y pidiendo este lugar y el otro... Hasta que un día llegó un papel que decía que la escuela estaba libre de ocupación, que quería decir que no había gente. Nos juntamos con unos vecinos, cuatro familias en total. Yo tenía esos papeles, pero el mismo intendente estaba dando muchas vueltas. Yo tenía un hijo que trabajaba en el municipio con unos planes Trabajar y un día llega y me dice: ‘Estoy recagado de hambre’. ‘Hoy no hay comida’, tuve que decirle. Ese día lloré toda la noche, escuche a mis hijos, los abracé... Por eso yo siempre le digo a la gente que nunca vieron mi realidad. Siempre estuve protestando, siempre estuve saliendo adelante, con hambre o sin hambre. Por eso estoy hoy aquí ahora. Si no hubiera pasado esa crisis social, capaz que las cosas hubieran sido distintas. Uno recibía la bolsa y comía, pero si veía la bolsa podrida yo no lo podía permitir. Sobre todo si todavía tenía las manos fuertes”.

Fidelia Aypallán mantuvo la última reunión con el municipio para conseguir el terreno por la vía legal. “Entonces aparece un secretario, una persona que le deja al intendente un papel que los golfistas le mandaban y el intendente enojado dice: ‘Ves, Fidelia, que a mí me van a hacer un juicio por esa tierra’. ‘Bueno ¿y a mí qué?’, le dije. Agarré y me levanté, me reuní con las cuatro familias y les dije que el quiera que me acompañe. ‘¿Pero qué vas a hacer?’, me preguntaron. ‘Voy a ir a tomar ese lugar porque yo no aguanto más’. Armamos un plano de cómo íbamos a entrar, organizamos la comida, la gente que ayudó a traer ollas, comida, gas, todo”.

La recuperación

Entraron a las 10 de la mañana. Era el 25 de septiembre de 2002. Cuando abrieron la tranquera, una camioneta contratada dejó todas las cosas que necesitarían en los primeros días. “La camioneta vino cargadita, traía los palos del hibernáculo, las carpas, la comida... porque después no íbamos a poder salir ni entrar”.

Con los periódicos y radios locales, los “golfistas” no tardaron en llegar. “Se juntaron conmigo y yo les pregunté si habían pagado la tierra y ellos dijeron que no. Esas tierras siempre fueron del Consejo, el tema es que hicieron negocio por debajo de la mesa. En los primeros días cuatro policías custodiaban el equipo que los golfistas tenían dentro: las banderas, las pelotas, los cañitos... todo estaba marcado con cintas rojas y blancas, hasta los agujeros ya estaban señalados...”.

Los trámites judiciales para desalojarla se iniciaron ese mismo día. “A la tarde me vino la orden judicial para mí y para mi hijo, el que estaba en el municipio, cuando él no tenía nada que ver, porque no le había dicho nada de lo que iba a hacer. Él estaba trabajando en el municipio y se encuentra que su mamá había hecho esto. Pero el juicio terminó bien, el juez dijo que no había cometido delito. Ahora tengo que estar durante diez años para poder tener un título. No me desalojaron entonces y menos me van a desalojar ahora”.

Tras la toma, permanecieron 18 días en tiendas de campaña. “Un día que llovía, ya no quedaba leña y los toldos se habían empapado” decidieron entrar en una cabaña situada en la parte trasera de la escuela. En la cabaña Fidelia permaneció más de cinco años, cultivando la tierra y criando animales, hasta que la escuela volvió a abrirse. En ese momento, le cedieron una franja de dos hectáreas, de unos 40 metros de ancho, a un costado de la escuela.

De las cuatro familias del principio sólo quedó Fidelia. “El intendente les ofreció hacerles cabañas, pero como no se las hacían y pasaban los meses, se aburrieron y se fueron. Siempre discutí mucho con estas familias, comíamos en la mesa, sembrábamos, pero siempre estaban pendientes de que el intendente le haga la cabaña. Yo les decía: “Por favor, no dependan, ya tenemos la tierra, manejémonos solos, con la ayuda de la gente, generemos, hagamos cosas, pero nada, se fueron, más cuando entramos en juicio”. Desde entonces, otras tres familias han entrado en la parte trasera del terreno, en tierras donde se hubiera levantado el campo de golf.

Ahora Fidelia vive con su hija y su nieto en una cabaña de ladrillos construida con la ayuda de uno de sus hijos. En la huerta cultiva lechuga, acelga, zanahoria, remolacha y frutillas; y en la parte delantera siembra avena para alimentar a sus animales. Cobra una pensión de unos mil pesos, aunque con esa pensión no come ella, tal como le gusta decir, sino que comen sus “bichos”. Aunque después le devuelven el dinero invertido:

“Es una cadena, a veces cobro y traigo seis o siete bolsas de alimentos, para pagar una sola vez la camioneta. Y después cuando hay chanchitos vendo o hago trueque... Tengo dos chanchas y ocho chanchitos y una vaca... Tengo gallinas y los viernes bajo con huevos y vendo cuatro o cinco docenas”. Para redondear el presupuesto hace ovillos con la lana que esquilma de sus ovejas y vende empanadas en la feria de artesanía del pueblo. Una vida dura, sobre todo cuando tiene que subir desde el pueblo las garrafas de agua o cuando tiene que realizar muchas veces sola los trabajos del campo.

Pero no duda ni un instante en decir que ha merecido la pena. “De una parte recuperé mi vida, mi salud, estar con la naturaleza siempre, tener la naturaleza delante de tus ojos. Vas para allá y ves bosque, el aroma, el verde, los animales... Te cansas, haciendo cosas, acá y allá, pero lo más importante es que a mí nadie me viene a decir a tal hora tenés que comer, a tal hora tenés que levantarte, mientras yo cumpla con mi misión, no tengo horarios, no me manejan, no tengo patrón”.

Con la vuelta a la tierra también Fidelia y su familia comenzaron a recuperar parte de sus tradiciones ancestrales mapuches, perdidas ante la imposibilidad de realizar ciertos ritos en la ciudad. Y no sólo la costumbre, sino también la conciencia y la identidad de pertenecer a un pueblo postergado. “Somos vendidos acá y allá, no les importa si en un terreno hay gente, te venden igual, con gente y todo. Ahora por lo menos a las comunidades las reconocen más rápido; a otras, como con mi propia familia, tardan mucho... Una se tiene que sentir orgullosa de ser mapuche. Un día cuando me querían dar una caja de comida, que venía podrida, con la yerba mala, les digo: ‘No, yo prefiero no recibirla más’, y el señor me dice: ‘¡Pobre, india y encima... delicada!’. Y nunca más la fui a buscar. Y bueno, los indios somos así, pero sabemos lo que queremos comer”.

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